Bendito banco con radiador.
Le conocí en el
instituto, antes de la primera hora un martes de octubre. En el Martínez
Uribarri siempre hace mucho frio. Llegué la primera y me senté en un banco de
la cuarta planta que tenía radiador, junto a un chico. Hablábamos de vez en
cuando antes de clase y un día intercambiamos nuestros números de teléfono.
Y me habló, y le hablé, y hablamos. Me gustaba su
foto de perfil y su estado: “perdona por tratarte como si no valieras la pena”.
Al principio no hablábamos mucho por Whatsapp,
algunas veces seguíamos coincidiendo al subir del recreo y a medida que pasaban
los días me ilusionaba al ver que me había mandado un mensaje, y sacaba una
sonrisilla fuera cual fuese el mensaje. Bendito banco con radiador.
El invierno se me pasó rápido, más de lo normal. Empezó marzo, y a hacer bueno
y nadie se quería sentar en el banco con radiador, menos nosotros dos. Me
gustaba ¿vale? Me gustaba, y mucho.
Por: La autora y el mecanógrafo.

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